Caminar por las calles de esta ciudad
resulta tan tremendamente engorroso, y
aun así, en sus momentos (que son muchos y
muy buenos) metamorfa en un festín de música,
de arte, de perfumes.
Al caminar descubres la dicha de sentir, de
escuchar, de oler, de observar,
se vuelve el sendero una armónica melodía, que
sumerge a los peatones, entre las tonalidades del
cielo y los aromas de la tierra.
En ese avanzar, las dudas y las respuestas dan paso
al espesor gris-blanco de las nubes, navegantes
de un cielo de colores multitudinarios.
Uno camina acorde el tiempo, se fusionan con él y
los dos van de la mano durante el transcurso de la vida;
y el tiempo nos acoge entre sus brazos como un
padre, y da aliento al aliento
y regresa el polvo a la tierra de donde vino. (nos miramos las manos llenas de polvo y nos damos cuenta de que estamos muertos).
Los sueños, sin embargo, van por el contrario del tiempo,
cuando vivimos se vive para soñar,
y cuando al fin morimos despertamos del verdadero sueño,
y el sueño se queda tan impregnado en este mundo,
que nos pinta ese ocaso, con el que soñamos con
ver cada ocaso de nuestras vidas.
En alguna ocasión vi a un anciano y a su nieto
caminar por la calle, como el que camina más bien para perder senderos que
para llegar a algún lado;
el viejo miraba el cielo como queriendo volar;
el niño solo quería correr, correr…y no detenerse.
Uno soñaba con volar y regresar al cielo, y el
otro con ir hacia adelante,
de la mano con el tiempo…